lunes, julio 31, 2017

Remedios sin hospital, hospitales sin remedio

Por: Pedro Manuel González Reinoso .*
El título parecerá en revesina, pero no lo es. El Hospital General (1940) del municipio más poblado de la provincia (si tenemos en cuenta las grandes zonas rurales que lo rodean) renombrado “26 de Diciembre” por el luego exiliado Director y Ginecólogo Miguel Martín Farto, escritor emergente infanto-juvenil —obnubilado quizá en raptus de guataquería partidista—, siguió siendo el “Emma Cabrera” (1940) para los nostálgicos por lo expoliado.
Durando esta clausura —previsible, dado el precario estado de las cañerías—, quedó disponible al dolido conglomerado solo el cuerpo de guardia (sin servicios de laboratorio para urgencias) y una tarda flotilla de ambulancias que, llamando al #104, hasta partos asistió sobre ruedas. Es decir, una asistencia primaria para remitir a provinciales, si fuera el caso catapultable.
En ese lugar antaño prosperó la provocadora epifanía de ser sitio ideal donde alumbrar a infantes. Amén de alcanzar, cuando las emulaciones inter-colectivos constituían faro y guía para el resto del continente y del CAME nucleador —como refleja la placa ganada a la entrada—: “Hospital amigo del niño y de la madre” (del nacido, aclaro).
¿Recuerdan los carteles repitiendo aquel bodrio infinito: “Que lo sepan los nacidos y los que están por nacer: Nacimos para vencer y no para ser vencidos”?
Pues imbuidos en esa doctrina vacua que por mucho que hoy se esfuercen en borrar continúa ilesa, recuerdo haberles escuchado decir —a doctores especializados y enfermeras asistentes siempre prestos— que la introducción tras el Primer Congreso del PCC en 1975 del “avanzado invento” —bajado por directiva del Kremlin en su último programa/ditirambo para el “gran salto adelante” en la salud popular (Premiado en análogos Talleres de Racionalización por la Academia Soviet) y conocido como “fórceps” para aliviarle a la madre “trabajadora” el momento supremo del parto, jadeante de ir a pie del brazo robusto de su “fiel” compañero de luchas (incluso, la marital)—, se había radicado en la isla a través del MINSAP, por su probada fuerza para enderezar parietales imperfectos, quebrar clavículas malformadas —sin querer— y “coronar” en la mollera a una generación entera que durante la década y parte de los 80s resultó singularizada, como los muñequitos Simpson de cabeza cónica. Nueva versión pleomorfa del hombrecito guevariano, pero con más capacidad sesuda.
Hospital General Docente " 26 de Diciembre"
antes "Emma Cabrera", Remedios, VC,Cuba
A estas salas pasteurizadas, desiertas tórridamente por la actual crisis hídrica, nunca entró a parir una madre tarruda ni se hicieron abortos sin el permiso de Jaime Ortega con el “visto malo” del Vaticano, ni hubo intervención del funcionariado haciendo marañas para esconder surrupias infidelidades suyas o resolvederas ajenas. No. Tampoco se fundió un trasplante errado ni se maniobraron transfusiones de sangre por la izquierda en operaciones que resultan premisa obligatoria para intervenir. Las salas de Neonatología y Pediatría brillaron con índices de mortalidad reducida e imponderable. Todo un éxito continuado para el centro-norte del país descorazonado.
Desde la misma década 70s de estos tanteos, Caibarién (antes de la división-político-administrativa del 76), era cabecera regional en una provincia que agrupaba al actual territorio de Sancti Spíritus más el de Cienfuegos y que denominaban como “Las Villas”, e incluía a Remedios como municipio donde posteriormente todos fuimos “remedianos” por decreto naturalizador del registro civil, hasta que la gente protestó —naturalmente— tal inscripción, porque el único salón en kilómetros a la redonda estaba reconcentrado allí. Suficiente para que caibarienenses, vuelteños o camajuanenses obtuvieran un rescoldo salvador con qué atender —además— traumatismos tipo Ortopedia o Radiología.
En el antiguo Hospital de Monjas María del Carmen Zozayas (1912) colapsó el quirófano a finales de los años 60 y fuimos a dar con nuestros maltrechos huesos a ocho kilómetros de distancia, casi en las antípodas cuando el asunto representaba suma gravedad.
El detalle de poner al recinto el decembrino nombre por la fecha liberadora de la anterior tiranía —ocurrida en el 58—, no hace alusión en el sector afín sino a escalpelos, suturas, gasas y esparadrapos contentivos del desangre, porque cada año la radio y TV nacionales nos recuerdan —en voz del electo grupo Mayohuacán— que “el 26 es el día más alegre de la historia”, como si los familiares de los 55 asesinados del Moncada que aún sobreviven tuviesen motivos para festejar. O los caídos en otros 26 también.
La situación empeora no sólo por las características climatológicas del estío, insufrible bajo altas temperaturas, humedad exterior (porque dentro de piletas, grifos y cisternas no queda gota) más el abrasamiento circundante del cambio climático, sino con la dificultad en mantener flujo de ambulancias, las cuales no conforman parque suficiente en la zona que moramos. Llamar al numerito y experimentar la angustia, puede trascender en otra afección sicosomática.
Nadie explica en los medios del Estado, el estado actual del manto freático, ni si las fuentes subterráneas terminarán por recuperarse cuando avance el verano, porque lo que se dice llover a cántaros aquí no ha ocurrido, pero sí en Camajuaní y Vueltas donde ha habido inundaciones parciales.
Por tanto, si la naturaleza equilibrara tan majadero comportamiento en respuesta a la burrada humana en temas medioambientales, tal vez la isla sintiera menos los bamboleos sobre algunas áreas, y fuesen azas previsores sus habitantes ante los crasos errores cometidos. Al menos en los subsanables en infraestructura.
En cuanto a Caibarién, recientemente reinauguran por enésima vez la equiparada salita para enfermos renales, porque no había con qué brindar saludes equiparantes para un inminente 26.
*Actor, escritor y activista social. Reside en Caibarien, Villa Clara, Cuba.


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